Una jubilada de Cariño descubre que la morriña es contagiosa y la Xunta convoca un comité de emergencia para evitar que se extienda al resto de España

Una abuela gallega y un señor de mediana edad sentados juntos en un banco de granito frente al puerto de Cariño, los dos con la misma expresión melancólica, niebla suave sobre el mar y un termo a sus pies

Una jubilada de Cariño descubre que la morriña es contagiosa y la Xunta convoca un comité de emergencia para evitar que se extienda al resto de España

A CORUÑA. Manuela Pereira Castiñeiras, jubilada de 78 años y vecina del puerto de Cariño, ha protagonizado este lunes un descubrimiento sin precedentes en la historia de la salud pública gallega: la morriña, esa nostalgia atlántica que los filólogos consideraban una emoción puramente cultural, es contagiosa. La constatación se produjo cuando Manuela se sentó en el banco de granito frente al mar a recordar a su difunto esposo Manolo y, a los seis minutos, el repartidor de butano que pasaba por allí dejó la moto en doble fila y se sentó a su lado, también con la mirada perdida en el horizonte.

«Le pregunté si quería un café del termo y me dijo que sí, pero que no le diera prisa», ha confirmado Manuela. «Estuvimos cuarenta minutos sin hablar, mirando una traíña que volvía. Después él se levantó, dijo ‘qué pena, ¿verdad?’, se montó en la moto y se fue. La bombona la dejó allí. La devolvió tres días después».

La Xunta convoca un comité de emergencia y pide ayuda a Sanidade

El presidente de la Xunta ha convocado para mañana un comité de crisis con las consellerías de Sanidade, Cultura y Pesca, ante el riesgo de que la morriña, hasta ahora considerada un activo turístico de la marca Galicia, salte la frontera con Asturias y, peor aún, llegue a Madrid, donde, según los expertos, «no sabrían qué hacer con ella».

«El problema no es la morriña en sí, es que en Galicia sabemos manejarla», ha explicado el doctor Avelino Trincado, jefe del Servicio de Epidemiología Anímica del SERGAS. «La afrontamos con polbo á feira, con un albariño y con la frase ‘pasará’. Pero un madrileño que coja morriña sin contexto puede acabar comprándose una casa en una aldea, dejándolo todo y, lo más grave, atribuyéndoselo a sí mismo en LinkedIn».

La OMS recomienda cuarentena con polbo á feira y Madrid pide vacuna inversa

La Organización Mundial de la Salud (OMS), alertada por la Xunta, ha emitido un protocolo provisional que recomienda, sin precedentes en la historia clínica europea, cuarentena de 14 días con dieta a base de polbo á feira, empanada gallega cada 6 horas y dos copas de albariño antes de cada comida. La OMS ha admitido que la propuesta es «de eficacia no demostrada pero de aceptación social muy alta».

El Ministerio de Sanidad de Madrid, por su parte, ha pedido a la Xunta una «vacuna inversa» que permita a los madrileños, en su caso, no echar de menos absolutamente nada. La consejería gallega ha respondido que «eso ya lo tienen, se llama Madrid».

Bruselas pide proteger la morriña como Patrimonio Inmaterial Atlántico

La Comisión Europea, contactada por esta redacción, ha aprovechado el debate para anunciar que estudia incluir la morriña en la lista de Patrimonio Inmaterial Atlántico, junto con la lluvia oblicua, el silencio de las cuatro de la tarde y la frase «hai que ir tirando». La OCDE pide que se proteja también al portal Pintaroyita, donde los gallegos suelen sentarse a contemplar el mar entre semana.

Netflix, según fuentes próximas a la plataforma, prepara una docuserie de cuatro episodios titulada Morriña: el contagio que llegó a Vallecas, con dirección de Oliver Laxe y banda sonora original de Carlos Núñez.

Final inesperado: el repartidor de butano vuelve cada tarde al banco de granito

A las 18:42 de cada tarde, sin falta, el repartidor de butano de Cariño aparca su moto en doble fila junto al banco de granito y se sienta al lado de Manuela. Han hablado tres veces en doce días. Han mirado el mar 47 horas y media en total. Manuela, contactada por esta redacción, ha confirmado que «por las mañanas él tiene clientes que esperan, pero por las tardes el mar no espera y a veces uno tiene que entender lo importante».

El repartidor, que ha pedido reservar su nombre, ha declarado solo una frase a esta redacción: «La bombona puede esperar. Aquí no se está mal». Acto seguido, se ha sentado, ha cogido la taza de Manuela y ha mirado el horizonte. La traíña aún tarda quince minutos en volver.

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